Ni siquiera había podido llegar a imaginar nunca como duele tener el corazón roto. Cuando cada pasito, movimiento, gesto, respiración, es una puñalada trapera en el pecho y mueres cada segundo sin morir, temiendo el segundo siguiente. Cuando cada segundo del día es una agonía porque solo tienes grabados a fuego sus labios en tu piel, y ese fuego ha causado quemaduras de tercer grado. Cuando ya en el punto máximo de desquicio llegas a sentir sus manos acariciandote, como antaño. Y caes desde un avión sin paracaidas cuando te das cuenta de que solo es producto de un anhelo que nadie puede llegar a comprender hasta que lo siente. Hasta que siente que todo lo que habías construido piedrecita a piedrecita, con sangre, sudor, y lágrimas, muchas lágrimas, cae como si fuera un castillo de naipes en mitad de un tornado. Y en mitad del ojo de un tornado es como te sientes, sola y perdida. Con ganas de desgañitarte la garganta gritando, sin ser capaz de proferir ni un solo sonido. Y cuando ya ni siquiera te quedan lágrimas que llorar, vuelves a recordar una y otra vez esos momentos que tu creías de cuento pero han resultado no tener un final feliz. Y repasas sus ojos, su nariz y su boca, su tacto, sus manos, su piel, su pelo, su olor, su voz, y sabes que podrías llegar a dibujarlo de memoria. Una vez escuché que sólo se puede crear arte cuando algo duele, si eso fuese cierto su retrato seria la obra de arte más bella del mundo. Porque él me duele, me duele tan dentro que no puedo sacarlo de ahí sin matarme a mi misma, pero ni siquiera quiero porque como yo lo he querido, nadie lo amará.
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