Al meterme en la cama, las noches que no estás me siento como una
borracha bebiendo sola en la barra, buscando sueños y dando
vueltas, imaginando todas las posibilidades de auxilio que tendría de
tenerte al alcance de la boca. No es malo, y no me meto con mi vida por
primera vez en mucho tiempo. Es la mejor vida que podía imaginar, aunque
tenga que negociar horarios para verte y con despertador al día
siguiente. Me he quitado los "hasta cuando" de la cabeza para
besarte pensando en siempre, aunque siga con mi manía de no hacer negocios
con el futuro. Apoyo mis sueños en tu vientre y no me corto al decir que
"un día más sin verte y me quedo sin combustible". Lo de
llamarte vida a veces no es un juego casual de palabras. Siempre he tenido
un miedo atroz a la muerte, y tú eres su principal enemigo. No voy a
esconderme detrás de un fuego fingido de cama ni a rogar braguetas
que no terminen en tu sonrisa. Saborear es el verbo que mas digo últimamente, porque no tengo sustratos de imposibilidad sino instantes de
alevosía para morderte los días.
-A ver si es que vas a estar enamorada-, me
dicen mis amigas. -Sí tía-, respondo, la he cagado y soy como esa sábana
a la que se le habían ido las pinzas: Me paso el día volando,
despreocupada de todo lo demás.
Esperando quizá una llamada o la próxima vez, ocultando suspiros a
propios y extraños, disimulando este estado permanente de
felicidad pero con el paladar destrozado y no me importa, qué coño, quiero
más, sigue sudando. Luego me miras al quitarme las medias, dejando con
cuidado la vergüenza en la mesilla, agitando mi vida entre tus manos, tus
manos de poliester y almíbar, tu boca de saliva de sueños, tu cuerpo de
belleza en pause, de momento preciso, de sigilo en trance rozando el
labio. Y todo lo que conllevas entre pasitos y milagros: las pestañas
hacia abajo, y esa risa que siempre sabe a casualidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario